Damián Biacho hizo fallar una y otra vez a José Luis Navarro Jr., conectó las manos más limpias y convirtió durante buena parte de la pelea a “El Cazador” en un cazador de moscas. Una caída en el sexto asalto, después de que una izquierda encontrase a Guinea mal posicionado de pies, hizo soñar por un momento a los seguidores de Navarro. Fue prácticamente su único gran momento de la noche y Biacho ni siquiera pareció estar realmente tocado. Después, el combate regresó a su guion habitual: Navarro buscando y fallando; Guinea esquivando, respondiendo y golpeando. Las cartulinas terminaron convirtiendo una gran noche de boxeo en una enorme polémica que continuó incluso después de sonar la última campana.
Boadilla del Monte acogió este sábado una de las grandes citas del boxeo español, con el Campeonato de Europa EBU del peso supermedio en juego entre José Luis Navarro Jr., “El Cazador”, y Damián “Guinea” Biacho.
Doce asaltos después, Navarro salió oficialmente convertido en campeón de Europa.
Lo verdaderamente complicado es explicar cómo.
Y conviene aclarar algo desde el principio, porque resulta fundamental para comprender la magnitud de la polémica:
esto no fue, a nuestro juicio, un combate igualado.
No estamos discutiendo uno de esos enfrentamientos con seis asaltos para cada lado en los que una mano, un detalle o la interpretación de un juez pueden inclinar la balanza.
No estamos diciendo que Guinea ganase “por poquito”.
Ni siquiera que simplemente mereciese ganar.
Estamos hablando de una victoria que vimos amplia, clara y por varios asaltos de diferencia.
Y ahí radica precisamente la gravedad de lo sucedido.
Pegar y que no te peguen
Desde el comienzo quedó bastante claro el planteamiento de ambos.
Navarro tomó el centro del cuadrilátero y avanzó buscando imponer su supuesta mayor pegada. Guinea planteó una pelea completamente diferente: movilidad, distancia, cintura, mano adelantada y contragolpe.
Y durante muchos minutos ocurrió una escena que terminó convirtiéndose prácticamente en la fotografía del combate.
Navarro avanzaba.
Guinea boxeaba.
El Cazador buscaba una presa que sencillamente no estaba donde él lanzaba los golpes.
Una mano de Navarro cortaba el aire.
Guinea la esquivaba.
Y acto seguido llegaba la respuesta.
Fallaba Navarro.
Respondía Guinea.
Volvía a buscarlo Navarro.
Volvía a desaparecer Biacho.
Y otra mano limpia de Guinea encontraba el objetivo.
Una vez.
Otra.
Y otra.
De ahí precisamente el juego inevitable con el apodo: durante demasiados minutos de la pelea, El Cazador estuvo cazando moscas.
Y mientras Navarro cazaba aire, Guinea puntuaba.
Porque existe una máxima tan vieja como el propio boxeo que resume perfectamente lo ocurrido: pegar y que no te peguen.
Eso es boxear.
Y eso fue precisamente lo que hizo Damián Biacho durante el combate.
No solamente conectó más claro. Hizo algo todavía más frustrante para su rival: le hizo fallar y le castigó inmediatamente después por haber fallado.
En términos puramente boxísticos hubo momentos en los que la diferencia llegó a resultar humillante.
No porque Navarro no lo intentase.
Precisamente porque lo intentaba una y otra vez.
Entraba, lanzaba y fallaba.
Y Guinea estaba ahí para recordárselo con la contra.
Tener el centro del cuadrilátero no significa dominar un combate.
Caminar hacia delante tampoco.
La presión efectiva puntúa.
Perseguir a un hombre al que no consigues golpear mientras él sí te golpea a ti no es dominar.
Es exactamente lo contrario. Es caer en su trampa, en su boxeo. Es hacer que él imponga su boxeo y estar donde él quiere que estés.
LA CAÍDA DEL SEXTO: EL ÚNICO GRAN MOMENTO DE NAVARRO
En el sexto asalto llegó prácticamente el único gran momento de Navarro. Una izquierda recta encontró a Biacho mal posicionado de pies y terminó con Guinea en la lona. El golpe entró y la caída fue válida, por lo que la cuenta y el 10-8 para Navarro son perfectamente defendibles.
Pero conviene poner la acción en su contexto: Guinea cayó muy condicionado por su mala colocación y no mostró después síntomas de estar realmente tocado. No fue una mano que cambiara el combate ni el comienzo de una remontada. Fue un episodio aislado dentro de una pelea que continuó desarrollándose prácticamente igual.
Biacho recuperó inmediatamente su boxeo y volvió a imponer movilidad, defensa y contragolpe, terminando además con mucha fuerza el último tramo.
Y esto es fundamental para entender la polémica: no estamos hablando de una pelea cerrada que una caída inclinó del lado de Navarro. A nuestro juicio, Guinea ganó con claridad y por varios asaltos de diferencia. La caída redujo esa ventaja en las tarjetas; no cambió quién había sido superior durante el conjunto del combate.
De hecho, una de las tres cartulinas terminó reflejando precisamente esa diferencia: 116-111 para Biacho.

Tres jueces y dos peleas completamente diferentes
Sonó la campana y llegaron las puntuaciones:
116-111 Navarro.
114-113 Navarro.
116-111 Biacho.
Decisión dividida.
José Luis Navarro Jr., nuevo campeón de Europa.
Y hay un detalle extraordinariamente revelador.
El único juez que otorgó la victoria a Guinea no vio una victoria ajustada de Biacho.
Marcó 116-111.
Una diferencia enorme para un combate de doce asaltos.
Es decir, uno de los tres jueces vio algo muy parecido a lo que vimos nosotros: un combate con un vencedor claramente definido y varios asaltos de margen.
Otro juez, sentado prácticamente en el mismo lugar, consiguió llegar exactamente al mismo 116-111…
pero para el boxeador contrario.
Eso exige explicaciones.
Porque ya no estamos hablando simplemente de interpretación.
¿Cómo pueden dos jueces profesionales observar los mismos doce asaltos y producir dos 116-111 diametralmente opuestos?
ESPABOX, uno de los medios especializados de referencia del boxeo español, calificó precisamente el 116-111 favorable a Navarro como muy difícil de justificar y consideró el 116-111 favorable a Biacho como la tarjeta que mejor representaba lo sucedido.
Y ahí está el núcleo de todo este asunto.
No creemos que a Guinea le quitasen una pelea que podía haber ganado.
Creemos que le quitaron una pelea que había ganado con claridad, de cabo a rabo.
La diferencia es enorme.

LAS REDES HAN DICTADO SU PROPIO VEREDICTO
Y fuera del pabellón la polémica no terminó.
Todo lo contrario.
La reacción de aficionados y seguidores en redes sociales está siendo clamorosa, con multitud de comentarios cuestionando el resultado y mostrando su indignación con las puntuaciones.
Naturalmente, las redes sociales no son un cuarto juez y una mayoría de comentarios tampoco convierte automáticamente una opinión en verdad.
Pero cuando una decisión provoca semejante rechazo entre quienes han visto el combate, mientras además medios especializados cuestionan abiertamente las puntuaciones, pretender que aquí no ha ocurrido nada sería absurdo.
Porque el problema supera ya a Guinea y Navarro.
Estamos hablando de credibilidad.

Y ENTONCES LLEGÓ EL BOCHORNOSO FINAL
La tensión terminó además trasladándose al propio pabellón.
Tras conocerse el resultado se produjo un lamentable tumulto, con enfrentamientos y escenas que nunca deberían formar parte de una velada de boxeo.
Eso también hay que condenarlo.
Una decisión arbitral, por escandalosa que uno la considere, no justifica una agresión ni convierte en aceptable la violencia posterior.
Pero condenarla no obliga a fingir que apareció espontáneamente.
Los acontecimientos tienen contexto.
Y lo ocurrido después resulta imposible desligarlo completamente de la enorme tensión provocada por un resultado que muchísimos aficionados consideraron profundamente injusto.
Aquí es donde quienes toman decisiones en este deporte deberían entender algo fundamental.

NO SE PUEDE JUGAR ASÍ CON EL TRABAJO DE LAS PERSONAS.
No estamos hablando de muñecos.
No estamos hablando de dos nombres colocados en una cartelera.
Estamos hablando de seres humanos que dedican años de su vida a esto.
Meses preparando una pelea.
Dietas.
Entrenamientos.
Sparrings.
Golpes.
Lesiones.
Sacrificios personales y familiares.
Dinero invertido.
Oportunidades que quizá no vuelvan.
Y carreras profesionales que pueden cambiar completamente por una sola noche.
Un Campeonato de Europa no es simplemente una fotografía bonita con un cinturón.
Puede determinar las bolsas de las siguientes peleas, las oportunidades internacionales y, en definitiva, el futuro profesional de un boxeador.
Y en un deporte especialmente cruel existe además algo que no puede devolverse:
el tiempo.
Puedes organizar otra pelea.
Puedes volver a entrenar.
Puedes intentar conseguir otra oportunidad.
Lo que nadie puede devolverle a un boxeador son los meses y los años que deja sobre un ring.
Por eso una puntuación no puede tratarse como si diese exactamente igual.
Detrás de cada número que un juez escribe en una tarjeta hay años de la vida de una persona.
Y cuando existe una decisión de semejante magnitud, el boxeo tiene la obligación de analizarla.
Eso no justifica una sola agresión de las que pudieron producirse después.
Pero tampoco podemos analizar únicamente la explosión y negarnos a mirar la mecha.

Y LUEGO NOS PREGUNTAREMOS POR QUÉ LA GENTE NO VA AL BOXEO
Después nos lamentaremos de que los pabellones no se llenan, de que el boxeo no alcanza la repercusión de otros deportes o de que resulta complicado atraer nuevos aficionados. Pero decisiones como la vivida en Boadilla no ayudan precisamente a combatir uno de los problemas históricos de este deporte: la desconfianza que generan determinadas puntuaciones.
Tampoco contribuyen demasiado algunas de las imágenes posteriores.
Llama especialmente la atención la reacción de Ricardo Sánchez Atocha, entrenador de Navarro, que ha publicado varios vídeos celebrando el resultado, incluido alguno fumándose un puro y mostrando abiertamente su satisfacción.
Es perfectamente comprensible que un entrenador celebre que su boxeador se haya proclamado campeón de Europa. Ha trabajado para ello y oficialmente Navarro es el vencedor. Pero, dada la enorme controversia generada por las tarjetas, sorprende el tono de algunas de esas publicaciones.
Sobre todo porque aquí no estamos ante una pequeña discusión entre aficionados sobre un asalto dudoso. Una de las tres tarjetas fue 116-111 para Biacho, mientras otra ofreció exactamente el mismo resultado, 116-111, pero para Navarro. Dos interpretaciones radicalmente opuestas de una misma pelea que, como mínimo, deberían invitar a la reflexión.
Y precisamente por eso convendría que el propio boxeo fuese especialmente sensible ante este tipo de situaciones. No se trata de cuestionar la legitimidad de Navarro para celebrar el resultado que oficialmente ha obtenido ni de atribuir responsabilidades a quien no confecciona las tarjetas. Se trata de entender el efecto que determinadas decisiones tienen sobre la imagen del deporte.
Porque las sospechas no se combaten ignorando la polémica. Se combaten con transparencia, buenos criterios de puntuación y decisiones que puedan explicarse deportivamente.
Y aquí explicar las tarjetas resulta complicado.
La caída del sexto está fuera de discusión: izquierda de Navarro, Biacho mal colocado de pies, caída válida y un asalto claramente favorable al cordobés. El debate comienza al analizar todo lo demás.
¿Cómo se llega desde ahí a un 116-111 para Navarro cuando otro juez vio un 116-111 para Biacho?
Esa es la pregunta relevante.
Y es una pregunta que el boxeo debería poder responder.
Porque hay algo mucho más importante que quién se llevó un cinturón una noche en Boadilla: la credibilidad del propio deporte.
El boxeo español necesita grandes veladas, campeonatos de Europa y pabellones llenos como el de Boadilla. Necesita también que el espectador que compra una entrada o dedica su tiempo a seguir una pelea tenga la sensación de que lo sucedido durante doce asaltos guarda después una relación reconocible con las cartulinas.
Cuando esa confianza desaparece, pierde el boxeador perjudicado, pero termina perdiendo todo el boxeo.
José Luis Navarro se marchó de Boadilla como nuevo campeón de Europa.
Damián Biacho se marchó sin el cinturón.
Y quedará para el debate si aquella noche “El Cazador” hizo honor a su apodo. Porque durante demasiados minutos, mientras buscaba a un Biacho que esquivaba y respondía, lo único que parecía conseguir cazar eran las moscas de Boadilla.
El resultado oficial ya está escrito.
La discusión sobre lo que ocurrió encima del ring, a juzgar por la reacción que ha provocado, está muy lejos de terminar.


